*escrito para Los Mudos
Apenas terminé el colegio, en el taller a veces aparecía un tipo en una bicicleta a juntar los cascos que estaban para tirar. A las cubiertas que sirven las mandamos a vulcanizar en un galpón que queda en Bosch. Las que no, los cascos, las ponemos en un costado hasta que yo las junto y las mando a Martín Coronado, a otra gomería chica, que tiene un arreglo con los de la basura para que se las lleven. Él las debe vender como a cosa de veinte mangos cada una, a otras gomerías más ratas, que tal vez las vendan a treinta.
Después de este tipo, el de la bici, también hay otro que viene a buscar cascos viejos. Tiene una quemadura como Tévez, que empieza en el cuello pero termina casi en el ojo derecho.
A ese lo conocí yo primero una mañana. Le tuve que decir que se fuera, porque el de la bici, “el que se los lleva desde hace más 1 año”, pasaba en quince a levantar lo que podría llegar a servir. El tipo esperaba.
Llegó el otro flaco, el antiguo, y el nuevo se escondió, se hizo el que estaba parado ahí existiendo y nada más.
Cuando se fue, Tévez se llevó los cascos más viejos. “Yo no estoy interesado en venderles esas cubiertas a las gomerías, por eso me llevo a cualquiera, por más vieja que esté”, me explicó en esa, “yo las pico y las vendo en pedacitos a una fábrica que las usa para otra cosa”. “Hacé lo que quieras” dije, “pero que no me venga a romper las bolas el otro a mí de que le llevás los cascos buenos ¿ok?”
También se usan los picos de las cámaras viejas para inflar bicicletas, los plomos de las llantas viejas, las llantas viejas se reciclan, los piquitos de las válvulas de las sin cámaras para sacarles el cobre, los trapos viejos, los amortiguadores viejos, las tachuelas y los clavos que se les sacan a las cubiertas: siempre hay que ahorrar lo que en otros lugares gastan de más.
Este tipo, el antiguo, el que viene en bici, orejón, y también fulero como el diablo, lo que quería en realidad era que mi viejo le diera un laburo como gomero. Lo que pasaba entonces, era que él ya tenía a sus 3 empleados, dos de los cuales son hermanos, y uno que tiene mi edad, que es el hijo de uno de los gomeros de Martín Coronado, la gomería que tira los cascos, hijo del cordobés (en Coronado trabajan un uruguayo y un cordobés sin tonada). Por eso nunca necesitamos a nadie más.
Yo trabajo haciendo deliverys para esta gomería de Coronado, mis otros jefes, y además soy el hijo del primer matrimonio del dueño de esta gomería en El Palomar, el último en llegar y el primero en irse.
A veces pasaba que el tipo este, el de la bici, cuando alguien estaba desarmando una cubierta o cuando alguien estaba cargando cosas pesadas, se acercaba a tratar de ayudar, a hacer fuerza con otro para quedar bien.
Lo que no se podía hacer por él era aceptarle favores; eso era una regla para todos. Lo que sí, regalarle los cascos. Si le aceptabas un favor, era posible que pensara que era útil, y, por lo tanto, empleable. A nadie tendría que interesarle, o tenía que darse el lujo de interesarse, por lo que le podría llegar a estar pasando a este tipo.
Bueno, lo que pasó fue que a mí sí. Yo por caridad y por pajero le acepté un par de favores.
Él me hizo un cuento de los problemas que tenía, que su mujer era insoportable y rezaba para que a él le fuese mal, que tenía varios hijos, uno muy enfermo, otro que era bueno pero que siempre se metía en bardos, que cuando era más chico tenía doce hermanos, que los amaba a todos, pero que ahora sólo ve a tres, que uno estaba muerto, dos engomados, que de los otros ni noticia. Eran bastantes como para no tratar de darle una manito.
Por todo esto es que más de un par de veces le dejé entre los cascos un par de las cubiertas de las que estaban para vulcanizar, para que pueda cobrar un poco más. De eso él se dio cuenta, y cada vez que me veía, se reía y me lo agradecía muchísimo.
Pero la risa significaba que él me tomaba por boludo, por peregil. Yo era pura buena onda, y tener buena onda es estar en los 90, o peor, tenía una buena onda caritativa, entre marxista y cristiana -insisto, pajera- como vivir en la Biblia leída en los setenta, en algún libro de la Biblia.
Lo primero que hizo fue pedirme que lo lleve en la chata, a él y a su bici, hasta Coronado cuando desde ese lugar me hacían pedidos de cámaras nuevas (pedidos que valen alrededor de 500pesos) así también buscaba más cascos ahí. Nos hicimos amigos porque nos reíamos juntos.
Entre tirá y vení, lo habré llevado seis veces, o más, hasta que en una mañana, cuando paré en un semáforo cerca de la Sevel, dos flacos se me metieron por la puerta de atrás pidiéndome a los gritos que los lleve, a ellos y a la mercadería, hasta la Carlos Gardel.
Dicen que cuando te afanan el auto, en La Gardel, te llevan a un descampado con un montón de pibes con mazas y herramientas para desarmártelo, para destrozarte rápido las piezas que cuestan sacar. Después te largan en un pasillo negro por donde te dicen que salgas corriendo para que te encuentres con una remisería, que te cobra más de treinta pesos el remis, porque no tenés documentos, para llevarte a tu casa. A un par de amigos les pasó eso, como, por ejemplo, al hermano del Tano.
El de la bici era el que estaba más nervioso, los otros dos eran bastante pelotudos como para ser chorros, de eso me di cuenta, y mientras afanaban no se hacían entender.
Como tenía un tramontina en la nuca, no tuve otra opción más que dar la vuelta y hacer lo que me pedían. Entre la Gardel y la Sevel deben haber más de cuarenta o cuarenta y cinco cuadras (o sea, El Palomar desde donde empieza hasta donde termina).
Cerca de la vía muerta, a la mitad del Palomar de Morón, escuché un ruido como de que se había trabado algo entre los amortiguadores y los eslásticos, una rama o algún palo. Cuando manejás siempre tenés que estar atento a los ruidos. Primero se bajó uno de los piratas, miró uno, dos y tres ángulos, me hizo bajar un toque (tramontina en la garganta) y me hizo ver con él por debajo de la camioneta lo que pasaba. Me señaló hacia el frente y vi que el radiador se había soltado, y eso era lo que cuando golpeaba contra el asfalto hacía ruido. Levanté el capó y le até con una pinza un par de alambres. Me pareció algo inteligente no enchufar el electro, que es un ventilador que enfría el agua, para fundir el motor sin que se dieran cuenta en caso de emergencia.
Cerca de la Villa está el taller que repara las llantas. Desde afuera parece una casa, pero esto tiene alrededor de quince empleados y más cinco mil llantas apiladas como galletitas en un pasillo estrecho donde los empleados y murciélagos pintan y centran llantas con los tornos.
En las paredes hay almanaques de minas desnudas, y donde no hay almanaques, como en la Patagonia, hay dibujos; en realidad, no de mujeres, pero si de partes del cuerpo de la mujer: como tazas que se parecen pechos, ojos que son nalgas y arañas como papos, todos de diferentes tamaños y sin sentido.
También hay insultos como chistes a los compañeros, del tipo “El Chino se la come” o “me como a la mujer de Cacho”.
Todo esto sobre chapas oxidadas hechas con el liquid paper que usan para ponerles el número de cliente a las llantas por debajo del agujero de la válvula.
Mi número es el 01.
Los dueños son dos italianos, José y Vicente, uno rengo y otro un robot: usa un aparato de esos chiquitos para hablar porque se jodió la garganta con el pucho. Siempre que tengo que tratar algo con él, como soy medio sordo, me acerco bien hasta la boca como si lo fuera a besar para escuchar lo que dice.
A él eso no le parece extraño porque el apodo de mi viejo, que se llama Jorge, es “El Sordo”, porque es sordo, usa un aparato en el oído porque cuando era chico le agarró una meningitis de la san puta, y como no tenían plata, quedó sordo. A mí me dicen “sordito” o “Jorgito”, a pesar de que me llame Rodrigo. Los empleados son de Pilar y de Caseros, y como hace más de cinco años que voy y no me sé las marcas de las llantas, todos me toman por distraído, y se ríen cuando me ven. Mi única forma de compensar, como para no convertirme en el cliente más bobo, es hacerles chistes como los que se escriben entre ellos en las chapas oxidadas. Por eso, en estos años, nos hicimos amigos.
Fueron, entonces, después de 30 cuadras cuando vi a un grupo de los que trabajan en este taller de llantas, los llanteros, que estaban esperando de bronce por el sol, algunos tirados en el pastito suave de costado con la mano sobre la pierna, como ninfas renacentistas, enfrente a una parrillita al paso, de esas que la gente abre en las puertas de sus casas, cada uno con su pedazo de carne y su coca cola. A esa altura la temperatura del motor, por el radiador sin elecro, estaba por las nubes.
Cuando uno de los pibes me vio pasar sin saludar y con un tipo colocándome un tramontina en la nuca, todos, pero todos, como camiones acelerando en la ruta, haciendo ruido de entre sudor y aluminio, entre aceite y brazo, corrieron a reventarles el alma a los tipos estos que quedaron como perdidos, derrumbados, anulados entre segundo y segundo en la camioneta.
Fue fácil. Lo único que tuve que hacer fue acelerar a fondo cuando los piratas me pidieron asustadísimos que acelerara, pero sin poner el cambio.
De ahí, con el motor fundido, abrí la puerta y salí corriendo; ellos se quedaron con ojos y gestos como corriéndoles una gota de sudor frío de las espaldas al culo.
Yo también, yo volví. Los surtimos mientras salían como si nada de la camioneta. El que más cobró fue al tipo de la bicicleta, el más débil; a mí me dio bronca que me tomaran por boludo. Algunos se lastimaron los nudillos y otros les pateaban las costillas al bien pobre como en una película de porno japonés. En el momento no me importó y hasta me sentí más hombre.
No llamamos a la cana porque los tres quedaron tirados. Como bichitos bolitas pisados con el pulgar quedaron tirados, como pedazos de pan en el mantel, como velas derretidas, insultando a Dios y haciendo burbujitas de sangre en los labios, tristes como el cáncer.
Del seguro por esto no me pagaron un carajito. Nos salió un ojo de la cara y dos meses y medio de laburo hacerle el motor.
Antes de sacar cualquier conclusión, la primera que hay que hacer es que hubiese en realidad sido mucho más barato dejar que me robaran.
Mi viejo me dijo yo que era el tipo más estúpido del planeta.
Apenas terminé el colegio, en el taller a veces aparecía un tipo en una bicicleta a juntar los cascos que estaban para tirar. A las cubiertas que sirven las mandamos a vulcanizar en un galpón que queda en Bosch. Las que no, los cascos, las ponemos en un costado hasta que yo las junto y las mando a Martín Coronado, a otra gomería chica, que tiene un arreglo con los de la basura para que se las lleven. Él las debe vender como a cosa de veinte mangos cada una, a otras gomerías más ratas, que tal vez las vendan a treinta.
Después de este tipo, el de la bici, también hay otro que viene a buscar cascos viejos. Tiene una quemadura como Tévez, que empieza en el cuello pero termina casi en el ojo derecho.
A ese lo conocí yo primero una mañana. Le tuve que decir que se fuera, porque el de la bici, “el que se los lleva desde hace más 1 año”, pasaba en quince a levantar lo que podría llegar a servir. El tipo esperaba.
Llegó el otro flaco, el antiguo, y el nuevo se escondió, se hizo el que estaba parado ahí existiendo y nada más.
Cuando se fue, Tévez se llevó los cascos más viejos. “Yo no estoy interesado en venderles esas cubiertas a las gomerías, por eso me llevo a cualquiera, por más vieja que esté”, me explicó en esa, “yo las pico y las vendo en pedacitos a una fábrica que las usa para otra cosa”. “Hacé lo que quieras” dije, “pero que no me venga a romper las bolas el otro a mí de que le llevás los cascos buenos ¿ok?”
También se usan los picos de las cámaras viejas para inflar bicicletas, los plomos de las llantas viejas, las llantas viejas se reciclan, los piquitos de las válvulas de las sin cámaras para sacarles el cobre, los trapos viejos, los amortiguadores viejos, las tachuelas y los clavos que se les sacan a las cubiertas: siempre hay que ahorrar lo que en otros lugares gastan de más.
Este tipo, el antiguo, el que viene en bici, orejón, y también fulero como el diablo, lo que quería en realidad era que mi viejo le diera un laburo como gomero. Lo que pasaba entonces, era que él ya tenía a sus 3 empleados, dos de los cuales son hermanos, y uno que tiene mi edad, que es el hijo de uno de los gomeros de Martín Coronado, la gomería que tira los cascos, hijo del cordobés (en Coronado trabajan un uruguayo y un cordobés sin tonada). Por eso nunca necesitamos a nadie más.
Yo trabajo haciendo deliverys para esta gomería de Coronado, mis otros jefes, y además soy el hijo del primer matrimonio del dueño de esta gomería en El Palomar, el último en llegar y el primero en irse.
A veces pasaba que el tipo este, el de la bici, cuando alguien estaba desarmando una cubierta o cuando alguien estaba cargando cosas pesadas, se acercaba a tratar de ayudar, a hacer fuerza con otro para quedar bien.
Lo que no se podía hacer por él era aceptarle favores; eso era una regla para todos. Lo que sí, regalarle los cascos. Si le aceptabas un favor, era posible que pensara que era útil, y, por lo tanto, empleable. A nadie tendría que interesarle, o tenía que darse el lujo de interesarse, por lo que le podría llegar a estar pasando a este tipo.
Bueno, lo que pasó fue que a mí sí. Yo por caridad y por pajero le acepté un par de favores.
Él me hizo un cuento de los problemas que tenía, que su mujer era insoportable y rezaba para que a él le fuese mal, que tenía varios hijos, uno muy enfermo, otro que era bueno pero que siempre se metía en bardos, que cuando era más chico tenía doce hermanos, que los amaba a todos, pero que ahora sólo ve a tres, que uno estaba muerto, dos engomados, que de los otros ni noticia. Eran bastantes como para no tratar de darle una manito.
Por todo esto es que más de un par de veces le dejé entre los cascos un par de las cubiertas de las que estaban para vulcanizar, para que pueda cobrar un poco más. De eso él se dio cuenta, y cada vez que me veía, se reía y me lo agradecía muchísimo.
Pero la risa significaba que él me tomaba por boludo, por peregil. Yo era pura buena onda, y tener buena onda es estar en los 90, o peor, tenía una buena onda caritativa, entre marxista y cristiana -insisto, pajera- como vivir en la Biblia leída en los setenta, en algún libro de la Biblia.
Lo primero que hizo fue pedirme que lo lleve en la chata, a él y a su bici, hasta Coronado cuando desde ese lugar me hacían pedidos de cámaras nuevas (pedidos que valen alrededor de 500pesos) así también buscaba más cascos ahí. Nos hicimos amigos porque nos reíamos juntos.
Entre tirá y vení, lo habré llevado seis veces, o más, hasta que en una mañana, cuando paré en un semáforo cerca de la Sevel, dos flacos se me metieron por la puerta de atrás pidiéndome a los gritos que los lleve, a ellos y a la mercadería, hasta la Carlos Gardel.
Dicen que cuando te afanan el auto, en La Gardel, te llevan a un descampado con un montón de pibes con mazas y herramientas para desarmártelo, para destrozarte rápido las piezas que cuestan sacar. Después te largan en un pasillo negro por donde te dicen que salgas corriendo para que te encuentres con una remisería, que te cobra más de treinta pesos el remis, porque no tenés documentos, para llevarte a tu casa. A un par de amigos les pasó eso, como, por ejemplo, al hermano del Tano.
El de la bici era el que estaba más nervioso, los otros dos eran bastante pelotudos como para ser chorros, de eso me di cuenta, y mientras afanaban no se hacían entender.
Como tenía un tramontina en la nuca, no tuve otra opción más que dar la vuelta y hacer lo que me pedían. Entre la Gardel y la Sevel deben haber más de cuarenta o cuarenta y cinco cuadras (o sea, El Palomar desde donde empieza hasta donde termina).
Cerca de la vía muerta, a la mitad del Palomar de Morón, escuché un ruido como de que se había trabado algo entre los amortiguadores y los eslásticos, una rama o algún palo. Cuando manejás siempre tenés que estar atento a los ruidos. Primero se bajó uno de los piratas, miró uno, dos y tres ángulos, me hizo bajar un toque (tramontina en la garganta) y me hizo ver con él por debajo de la camioneta lo que pasaba. Me señaló hacia el frente y vi que el radiador se había soltado, y eso era lo que cuando golpeaba contra el asfalto hacía ruido. Levanté el capó y le até con una pinza un par de alambres. Me pareció algo inteligente no enchufar el electro, que es un ventilador que enfría el agua, para fundir el motor sin que se dieran cuenta en caso de emergencia.
Cerca de la Villa está el taller que repara las llantas. Desde afuera parece una casa, pero esto tiene alrededor de quince empleados y más cinco mil llantas apiladas como galletitas en un pasillo estrecho donde los empleados y murciélagos pintan y centran llantas con los tornos.
En las paredes hay almanaques de minas desnudas, y donde no hay almanaques, como en la Patagonia, hay dibujos; en realidad, no de mujeres, pero si de partes del cuerpo de la mujer: como tazas que se parecen pechos, ojos que son nalgas y arañas como papos, todos de diferentes tamaños y sin sentido.
También hay insultos como chistes a los compañeros, del tipo “El Chino se la come” o “me como a la mujer de Cacho”.
Todo esto sobre chapas oxidadas hechas con el liquid paper que usan para ponerles el número de cliente a las llantas por debajo del agujero de la válvula.
Mi número es el 01.
Los dueños son dos italianos, José y Vicente, uno rengo y otro un robot: usa un aparato de esos chiquitos para hablar porque se jodió la garganta con el pucho. Siempre que tengo que tratar algo con él, como soy medio sordo, me acerco bien hasta la boca como si lo fuera a besar para escuchar lo que dice.
A él eso no le parece extraño porque el apodo de mi viejo, que se llama Jorge, es “El Sordo”, porque es sordo, usa un aparato en el oído porque cuando era chico le agarró una meningitis de la san puta, y como no tenían plata, quedó sordo. A mí me dicen “sordito” o “Jorgito”, a pesar de que me llame Rodrigo. Los empleados son de Pilar y de Caseros, y como hace más de cinco años que voy y no me sé las marcas de las llantas, todos me toman por distraído, y se ríen cuando me ven. Mi única forma de compensar, como para no convertirme en el cliente más bobo, es hacerles chistes como los que se escriben entre ellos en las chapas oxidadas. Por eso, en estos años, nos hicimos amigos.
Fueron, entonces, después de 30 cuadras cuando vi a un grupo de los que trabajan en este taller de llantas, los llanteros, que estaban esperando de bronce por el sol, algunos tirados en el pastito suave de costado con la mano sobre la pierna, como ninfas renacentistas, enfrente a una parrillita al paso, de esas que la gente abre en las puertas de sus casas, cada uno con su pedazo de carne y su coca cola. A esa altura la temperatura del motor, por el radiador sin elecro, estaba por las nubes.
Cuando uno de los pibes me vio pasar sin saludar y con un tipo colocándome un tramontina en la nuca, todos, pero todos, como camiones acelerando en la ruta, haciendo ruido de entre sudor y aluminio, entre aceite y brazo, corrieron a reventarles el alma a los tipos estos que quedaron como perdidos, derrumbados, anulados entre segundo y segundo en la camioneta.
Fue fácil. Lo único que tuve que hacer fue acelerar a fondo cuando los piratas me pidieron asustadísimos que acelerara, pero sin poner el cambio.
De ahí, con el motor fundido, abrí la puerta y salí corriendo; ellos se quedaron con ojos y gestos como corriéndoles una gota de sudor frío de las espaldas al culo.
Yo también, yo volví. Los surtimos mientras salían como si nada de la camioneta. El que más cobró fue al tipo de la bicicleta, el más débil; a mí me dio bronca que me tomaran por boludo. Algunos se lastimaron los nudillos y otros les pateaban las costillas al bien pobre como en una película de porno japonés. En el momento no me importó y hasta me sentí más hombre.
No llamamos a la cana porque los tres quedaron tirados. Como bichitos bolitas pisados con el pulgar quedaron tirados, como pedazos de pan en el mantel, como velas derretidas, insultando a Dios y haciendo burbujitas de sangre en los labios, tristes como el cáncer.
Del seguro por esto no me pagaron un carajito. Nos salió un ojo de la cara y dos meses y medio de laburo hacerle el motor.
Antes de sacar cualquier conclusión, la primera que hay que hacer es que hubiese en realidad sido mucho más barato dejar que me robaran.
Mi viejo me dijo yo que era el tipo más estúpido del planeta.
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